Capadocia es un lugar que parece salido de un sueño, se encuentra en el corazón de Turquía, en la región de Anatolia. Esta tierra única, famosa por sus paisajes de otro mundo, está compuesta por formaciones rocosas esculpidas por la naturaleza y las manos humanas a lo largo de milenios. Sus valles y montañas, tallados en piedra volcánica, ofrecen vistas que transportan a otro tiempo y lugar, un verdadero universo paralelo en la tierra.
Göreme
Si hay un lugar que encapsule la esencia de Capadocia, es Göreme. Este pueblo es un verdadero refugio para los viajeros que buscan empaparse de la cultura y el espíritu de la región. Sus calles estrechas están llenas de tiendas de artesanías, alfombras turcas, y pequeños cafés donde se sirve el té tradicional, mientras el aroma de la panadería local se mezcla con el aire fresco de la mañana. Y, por supuesto, no puedo dejar de mencionar los hoteles y restaurantes excavados en la roca, que no solo ofrecen un alojamiento único, sino una experiencia auténtica.
En uno de esos encantadores hoteles excavados en la roca, elegí hospedarme en una habitación pequeña y única, esculpida directamente en la piedra del desierto. El cuarto estaba tapisado con coloridas alfombras y almohadones, creaban un ambiente cálido y acogedor. En medio de este escenario, mi recién adquirido baglamá lucía como si siempre hubiera pertenecido a ese mágico rincón.

Tan pronto como me instalé, salí en busca de dos de mis grandes placeres: comida y música en vivo. No tardé en encontrar la combinación perfecta en Aydınlı – Orta Mh., el Barrio Central, una zona vibrante repleta de locales y energía. Mi elección fue un pequeño escenario donde una banda increíble llenaba el aire con melodías envolventes, y no me equivoqué.
Allí escuché, por primera vez en vivo, la magia del bağlama. Después del concierto, tuve la suerte de conocer a Yakup, un talentoso músico cuya pasión por este instrumento era contagiosa. No solo compartió algunos consejos para empezar a tocar, sino que también seguimos en contacto hasta el día de hoy. Fue uno de esos encuentros inesperados que se quedan contigo para siempre. Turquía no dejaba de maravillarme.
Al día siguiente, no había tiempo que perder. Mi estadía en este planeta sería breve, y cada momento tenía que contar. Comencé el día recorriendo la calle comercial de Göreme, un lugar donde parece que el mundo entero cabe en pequeños puestos y vitrinas.
Buscaba algo específico: una kufiya o keffiyeh. Este pañuelo tradicional es un símbolo cultural palestino y se caracteriza por su diseño en blanco y negro. La kufiya ha sido adoptada como un emblema de solidaridad con la causa palestina en todo el mundo. Cuando encontré lo que quería y expliqué mis intenciones al vendedor usando una aplicación de traducción, él me extendió la mano en señal de respeto y solidaridad. A finales de agosto de 2023, no podíamos imaginar la pesadilla que se desataría solo un par de meses después.

Después del mercado, emprendí un tour relámpago por tantos lugares como fuera posible. Uno de ellos fue el Aşk Vadisi, el Valle del Amor, un lugar que, según cuentan, lleva su nombre por las formaciones rocosas que simbolizan la fertilidad. Allí vi camellos, pero su innecesaria explotación como atracción me dejó mal sabor.
Al final del día, el atardecer me alcanzó en el majestuoso Kızılçukur, el Valle Rojo, un escenario tan imponente que parecía sacado de un sueño. Entre el fulminante atardecer y el silencio del desierto, fui testigo de una boda donde el vestido de la novia parecía bailar con el paisaje. La escena se acompañaba de la melodía melancólica de un saz, una música que parecía provenir directamente de las entrañas de la tierra. Fue un final tan hermoso como conmovedor para un día lleno de contrastes.
Esa noche decidí regalarme una cita conmigo mismo. Me vestí bien y salí a recorrer Göreme en busca de un lugar que llamara mi atención. Lo encontré en lo alto de la ciudad: un restaurante con una terraza que dominaba el paisaje nocturno, iluminado por pequeñas luces que parecían reflejar las estrellas. Al llegar, noté a dos turcos en amena conversación, uno a cada lado de la barra. Pedí el menú, pero antes de escoger una mesa, ya estaba sentado junto a ellos, conversando como si nos conociéramos de siempre. Me ofrecieron tragos tradicionales y, entre brindis y risas, compartimos historias, ideales e incluso autores favoritos. Mis nuevos amigos resultaron ser los dueños del restaurante y de otros negocios en la ciudad. No me dejaron pagar la cuenta y, para mi sorpresa, incluso me invitaron a bucear al día siguiente. Aunque no pude aceptar por falta de tiempo, nos despedimos con un «hasta siempre» sincero, como viejos amigos.
Al amanecer, salí hacia Isali – Gaferli, el punto de partida para una de las experiencias más mágicas de Capadocia: un vuelo en globo aerostático. Esta región, conocida por sus formaciones geológicas únicas, ha sido escenario de civilizaciones desde hace miles de años. Flotar sobre sus valles, con el sol naciente pintando el paisaje en tonos dorados, es como viajar a través del tiempo. Los globos aerostáticos, que comenzaron como una atracción turística hace décadas, ahora son un símbolo de Capadocia, ofreciendo vistas incomparables de sus chimeneas de hadas y sus ciudades milenarias.
Más tarde, visité el Valle de la Imaginación (Devrent Vadisi), donde las rocas parecen esculpidas por la imaginación misma, adoptando formas que evocan animales y figuras humanas. Cada visitante encuentra algo diferente en estas piedras, un recordatorio de cómo la naturaleza y la percepción se entrelazan.
Mi siguiente parada fue una de las famosas ciudades subterráneas, creadas hace miles de años para proteger a las comunidades locales de invasores. Estas ciudades, con múltiples niveles y túneles interconectados, ofrecían refugio a cientos de personas. Recorrerlas es sumergirse en un mundo de ingenio humano, donde se aprecia cómo la necesidad dio forma a un legado que sigue asombrando hasta hoy.
Mientras dejaba atrás el horizonte de Turquía, llevaba conmigo no solo recuerdos, sino también lecciones. Este que se iba no era el mismo que había llegado.
Cada rincón recorrido, cada amanecer presenciado y cada conexión inesperada me recordó que el viaje no solo está en el destino, sino en la transformación que provoca en nosotros. Ahora, el próximo capítulo me esperaba en la Isla del Coco, donde el océano sería mi guía y la naturaleza mi refugio.